Clavados

Lanzarse al agua desde una gran altura, incluso desafiando la propia vida, es algo que está presente desde el principio de la civilización. Pero los primeros registros de la práctica de Clavados como deporte tienen su inicio entre los siglos XVIII y XIX, en Suecia y Alemania, con gimnastas que empezaron a hacer movimientos de rutina antes de llegar a ríos o piscinas.

La disciplina se popularizó a finales del siglo XIX, cuando un grupo de suecos visitó Gran Bretaña y mostró algunos movimientos que agradaron a la población. El resultado fue la fundación de la primera organización de Clavados, en 1901 —hoy regida por la Federación Internacional de Natación (FINA en francés) —. Diez años antes, en 1891, se crearon las primeras reglas oficiales.

No tardó mucho para que los Clavados ingresaran al programa olímpico: fue en 1904, en los Juegos de San Luis, en Estados Unidos. Las mujeres solo empezaron a participar en la edición de Estocolmo, capital de Suecia, en 1912.

Las primeras competiciones olímpicas de Clavados eran muy diferentes en relación a lo que son hoy en día. Mientras en San Luis la prueba era más sencilla, con zambullidas, en 1908, en los Juegos de París, fueron incorporados el trampolín y la plataforma.

El programa se estabilizó definitivamente en la edición de Ámsterdam, en 1928: hombres y mujeres disputan pruebas de trampolín de tres y diez metros. Las novedades llegaron solo con la edición de Sídney, en 2000, con las pruebas sincronizada de dúos, sea desde el trampolín que desde la plataforma.

En la disciplina, el objetivo fundamental de los atletas es saltar desde una plataforma, o desde un trampolín, hacia el agua, ejecutando movimientos estéticos durante la caída, hasta llegar a la piscina. Se evalúan cuestiones técnicas en cada clavado, y los atletas obtienen notas que establecen la clasificación final.